ASEDIO Y DEFENSA “TORRE DE FANTOVA”

 

ASEDIO Y DEFENSA “LA VIDA COTIDIANA EN UN CASTILLO MEDIEVAL (LA TORRE DE FANTOVA)” POR ENRIQUE VILLUENDAS

Refiriéndonos al condado de Aragón primitivo, allá por el reinado de Sancho III “el Mayor” de Navarra, por ejemplo (1000-1035), los castillos aragoneses eran meras atalayas de unos 20 metros de altura rodeadas (en el mejor de los casos) por una pequeña muralla donde se habilitaban algunas cabañas de madera donde establecer la herrería, panadería o las caballerizas, cerca de una iglesia y próximo a un pozo de agua potable. Las torres de la época que se conservan en el Pirineo aragonés (Luzás, Obano, Sibirana, Viacamp, Abizanda, Torreciudad, Fantova, Biel, Loarre, Perarrúa, etc) nos hablan de un tipo de vivienda que debía ser muy incómodo. Analicemos una de ellas.

Es el conjunto fortificado del XI con datación más antigua y en el que se realizaron aportaciones constructivas totalmente innovadoras con respecto a lo existente hasta el momento en nuestro territorio. En lo documental, su torre ya estaba construida en el año 1015. Parece ser que su primer tenente fue el conde Guillermo Isarnez de Ribagorza y que residió en la torre pues se conserva las estancias que pudieron ser salón principal y alcoba de la fortaleza.

En lo referente a su estilo constructivo, consiste simplemente en un edificio circular de tres plantas, la inferior de las cuales podría corresponder a un almacén, la segunda a un salón/cuerpo de guardia y la tercera a alcoba del conde y su esposa, pero es espectacular e innovadora la bóveda de arista de su estancia principal. Ninguna otra de las torres románicas de Aragón tiene nada parecido. Tiempo después, las bóvedas de arista, de manos de constructores lombardos, se generalizaron para solucionar el problema de aligerar los gruesos muros románicos allí donde se cruzan dos bóvedas de medio cañón.

El acceso a la cámara privada del conde se realiza a través de una escalera abierta en el grosor del muro, lo cual es también algo muy extraño que nos habla de que el conde Isarnez trajo desde Italia maestros lombardos que comenzaron a aplicar nuevas técnicas constructivas en la poliorcética aragonesa en un período muy temprano (véase: El nacimiento del arte románico en Aragón de Manuel García-Guatas, Juan Francisco Esteban Lorente y Fernando Galtier Martí) y que más adelante desarrollarán también en la arquitectura religiosa. Sin embargo, ese mismo refinamiento nos habla de un hombre conocedor de sistemas constructivos avanzados que no duda en aplicar en su propia torre-atalaya, de modo que Fantova es pues, la punta de lanza de la “moda lombarda” que llegó en el XI a esta tierra. También es innovadora la idea del acceso al recinto del castillo, en zigzag, a través de una torre-puerta acodada, con piso de madera sobre ella, como magnífico sistema defensivo. Por otra parte, la puerta de acceso a la propia torre estaba ubicada en alto, en el segundo piso, accediéndose a ella mediante una escalera que debía poder retirarse en caso de asedio.

Nos encontramos, por tanto, ante un edificio pensado para ser defendido pero, además, con la suficiente prestancia como para haber sido también una residencia condal, por lo que puede ser un buen ejercicio de recreación imaginar la vida cotidiana en esta atalaya durante una crisis en la que se esperase un inminente ataque musulmán desde la Marca Superior de al-Andalus, ya que en otras circunstancias el conde Guillermo Isarnez y su esposa vivirían en algún palacete en un núcleo próximo más poblado. Ante la alarma, los condes se refugiarían en Fantova y los campesinos y pastores subirían con sus rebaños monte arriba dejando desguarnecidas sus aldeas en el valle, a merced de los agarenos.

En principio no serían muchas las personas acogidas a su protección: el conde, la condesa, tal vez cuatro o cinco guardias con sus caballos, un capellán y media docena de sirvientes que se encargarían de las tareas más cotidianas. El espacio no da para más. El día comenzaría temprano, con los sirvientes recogiendo agua de la cisterna o pozo (que no ha sido hallado), los centinelas cambiando de guardia y los condes despertando de su sueño y haciendo sus abluciones matutinas. Muy probablemente, tras estos primeros momentos de desperezo oirían misa en la próxima capilla de Santa Orosia y tal vez comerían opíparamente (carnes, verduras, vino) antes de llevar a cabo sus tareas. A continuación, el conde haría ensillar su montura, ordenaría a dos o tres de sus guardias que hicieran lo propio y saldría a inspeccionar los alrededores para cerciorarse de que todo estaba tranquilo y para dar instrucciones a otras atalayas o motas próximas a Fantova y conectadas entre sí a través de señales visuales (hogueras) en caso de producirse un ataque inminente.

Mientras, la condesa permanecería en el castillo dando órdenes a sus criadas para la disposición de las viandas en la comida y otras tareas domésticas, vigilando el buen orden de la torre y bordando en su cámara, cuando no paseando acompañada por algún guardia o criada de confianza por los cercanos bosques que rodean la atalaya, cuya vista es magnífica. Al regreso del conde, probablemente se encerrarían en la alcoba para hacer el amor y luego degustarían la comida preparada en la explanada del recinto fortificado, dando después las sobras a los criados. Más tarde el conde transmitiría nuevas órdenes a sus hombres, disponiendo los turnos de guardia y designando tareas como recoger piedras de determinado tamaño y dimensiones para situarlas en la azotea almenada de la torre y arrojarlas si fuera preciso, subir aceite de las bodegas para alimentar los candiles ante la próxima caída del sol, encender un fuego, cambiar la paja del piso inferior por otra fresca y otros mil pequeños detalles cotidianos.

La cámara del conde estaría muy probablemente alfombrada y con las paredes cubiertas de tapices, ya que el interior de una fortaleza de piedra es extremadamente frío en invierno, aunque muy fresco en verano. El piso inferior, una vez retirada la mesa con sus caballetes de tijera, se convertiría en dormitorio de la guardia tras apilar la paja en haces sobre los que se tendería una manta, cubriéndose los mílites con sus propias capas. Los criados de la torre dormirían probablemente en cabañas de madera construidas en el recinto murado o simplemente a la intemperie, cerca de un fuego bien vigilado para evitar incendios.

Antes de acostarse el conde repasaría los puestos de guardia, comprobaría el estado de las armas, daría las últimas instrucciones y acudiría a su alcoba para volver a acostarse con su esposa antes de quedarse dormido hasta el próximo canto del gallo.

En caso de un ataque, todo estaría perfectamente organizado: la torre es de bastante difícil acceso, por lo que bastarían dos o tres guardias para defender la puerta que, al ser en recodo, no resultaría nada fácil de tomar. Entretanto, todos los criados se habrían encerrado en la torre, de tal manera que la escalera sería retirada para obligar a los guardias de la puerta a luchar por sus vidas para impedir que los atacantes entrasen en el recinto, ya que no podrían subir hasta la puerta. Muertos los guardias e invadido el pequeño recinto fortificado, los restantes defensores arrojarían piedras, agua hirviendo y flechas desde la azotea de la atalaya, donde ya desde el principio ardería una almenara para dar aviso al resto de fortificaciones para que acudiesen en su auxilio. Probablemente existieran también matacanes de madera desde los que hostigar a los enemigos a pie de muro. En estas circunstancias un asedio no podía durar demasiado tiempo, ya que enseguida podrían recibirse refuerzos que cercasen a los musulmanes desde el camino de acceso a la torre. No era común, de todos modos, este tipo de guerra de sitio en estos primeros momentos de la Reconquista, máxime cuando la topografía del terreno (muy empinado y montañoso) impide de todo punto el uso eficaz de máquinas de asedio…

(Visited 3 times, 1 visits today)

Leave a Comment