HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO VII

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo VII

Algunos de los hoplitas que estaban al pie del muro, los primeros en decidirse, imitaron a sus camaradas tebanos y treparon por el muro para poder presenciar el acontecimiento. No fueron demasiados los que encontraron espacio, pero los que lo consiguieron se deleitaron ate la escena que se dibujó ante sus ojos. Las fuerzas griegas estaban acabando su despliegue, de manera ordenada y rigurosa, de la misma manera en la que aquella misma mañana lo hicieron los que ahora eran espectadores. En aquella ocasión, las fuerzas aliadas estarían compuestas exclusivamente por hoplitas peloponesios, quedando reservado el flanco derecho a los tegeos, el izquierdo a los micénicos y el centro a los espartanos.

Agatón se quedó perplejo ante la magnificencia del contingente defensivo. En la anterior ocasión lo había visto todo desde el interior, aunque la vista aérea que le ofrecía su posición era mucho más impresionante. La disciplina era férrea, y el propio monarca lacedemonio estaba acabando de dar las últimas instrucciones a sus guerreros. Estaba formado en la primera fila, quedaba claro que pese a pertenecer a la realeza y ejercer de comandante supremo de las fuerzas de la liga, no iba a quedarse en un segundo plano, viendo como los demás se llevaban toda la gloria de la batalla. La visión de las trescientas capas escarlatas ondeando con la suave brisa veraniega fue lo más bonito que sus ojos habían visto jamás. Si se sumaba a la visión global de la formación era mucho mejor, pero el centro de la línea era sin duda el punto que más le llamó la atención.

Pese a ser tan sólo trescientos, los únicos que los éforos, autoridad máxima de Esparta, habían autorizado a movilizar, la imagen que proyectaban equivalía a un ejército completo. Sintió cierta envidia al no poder luchar junto a los mejores guerreros de toda Grecia y pensó por un momento que si la festividad de la karneia hubiese permitido que el ejército espartano completo se hubiese podido desplazar hasta allí, ellos solos se habrían podido ocupar de frenar el avance persa.

Pero la realidad era distinta, y pese a haberlo lamentado y haberse excusado ante sus aliados, Leónidas tan solo había podido acudir con su guardia personal de trescientos hoplitas. Eran buenos, los mejores, pero no suficientes para detener a un ejército tan grande.

El Peán empezó a sonar entre los hombres formados en el momento en el que su avance dio comienzo. Ese era uno de los aspectos en común que tenían todos los griegos, y de la misma manera que ocurrió en el anterior enfrentamiento, los hombres que estaban sobre el muro observando, se unieron al cántico, pidiendo fuerza, valor y protección en el combate para sus hermanos. A la vez que los hoplitas emprendieron el paso en compacta formación, los enemigos que hacía ya un rato que estaban formados, hicieron lo mismo, aunque a diferencia de sus desdichados antecesores, lo hicieron en un exquisito orden a la vez que en completo silencio, cosa que denotaba mucha más veteranía y experiencia. Además, esos Inmortales, no iban tan mal pertrechados como los medos que habían sucumbido ante las lanzas de los tebanos, corintios y tespios. Estos, portaban escudos y armaduras todos, lanzas más largas y espadas de dimensiones más grandes. Agatón se fijó en la cara que ponía su hermano y le dijo:

—Creo que está vez no va a ser tan sencillo. Los espartanos y los demás peloponesios se tendrán que emplear a fondo.

Hermógenes se giró y le respondió:

—Eso parece hermano, aunque creo que nuestros camaradas son plenamente conscientes de ello. Se dice que los espartanos buscan morir combatiendo contra enemigos que estén a su altura—dijo el joven tebano—. Es preferible que te mate un Inmortal, que no que lo haga un simple infante medo…

—Lo importante es sobrevivir Hermógenes—dijo Clístenes que había estado atento a la conversación—. El honor es algo abstracto, no te da de comer, ni resuelve tus problemas. Créeme muchacho, te lo digo yo que he visto perecer inútilmente a muchos hombres que han manifestado luchar en nombre de él.

El joven pareció comprender inicialmente las palabras del veterano, aunque casi de inmediato le contestó:

—Quizás tengas razón abuelo, pero respóndeme a una sola pregunta. ¿Sino es por el honor, por qué motivo estamos aquí?

—Estamos aquí para evitar que los persas nos invadan, pero no es el honor lo que nos ha traído hasta este punto muchacho, no te equivoques. Es algo diferente, tampoco es la gloria que tanto ansían los espartanos—explicó el veterano bajo la atenta mirada de los hermanos—. Leónidas ya lo dijo durante su discurso, se trata de algo que va más allá de todos esos valores: la libertad. Algo sin lo que el honor y la gloria no existirían…

Agatón se quedó mirando a Clístenes. En el fondo tenía razón, la lucha por la libertad sí que era un motivo por el cual valía la pena morir, en cambio, la gloria y el honor eran efímeros. Incluso los espartanos que estaban en ese momento dirigiéndose al combate, por muy onírico que resultase el ideal de luchar por la gloria, en el fondo, lo hacían por lo mismo que el resto, vivir en libertad y sin tener que arrodillarse ante un invasor extranjero. Una cosa estaba clara, si los hombres no gozaban del más preciado de los valores, era imposible que tuvieran gloria u honor, de eso no había ninguna duda. De repente Hermógenes dio un grito que devolvió a su hermano al mundo real:

—¡Las líneas están a punto de chocar!

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