HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO VIII

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo VIII

Todos los presentes se prepararon para el momento, aunque de repente algo hizo que las tropas griegas se detuviesen. Los hombres que estaban sentados sobre el muro, se quedaron perplejos pues no esperaban tal maniobra. Todavía se quedaron más sorprendidos cuando las flautas entonaron la melodía que anunciaba el repliegue de las filas. Los tebanos y demás aliados no daban crédito a lo que estaban presenciando, la fila completa empezó a retroceder de manera ordenada como si algo les asustase. Algunos de los hombres se pusieron en pie sobre la fortificación y empezaron a mirarse entre ellos. Clístenes fue uno de ellos, y al percatarse dijo:

—No lo comprendo, se están retirando…

—¡Imposible! —exclamó Hermógenes—. Leónidas y sus espartanos no son unos cobardes.

Agatón, consciente de la desesperación que cundía entre sus camaradas acertó a decir:

—Somos muchos menos que ellos, seguramente sean el triple, y es normal que Leónidas quiera retroceder y buscar una posición más ventajosa. Además, son los Inmortales, no las tropas con las que hemos luchado antes nosotros.

Su hermano se giró hacia él y con los ojos humedecidos le respondió:

—Pero ellos son espartanos Agatón… Si ellos huyen del combate… ¿qué va a ser lo siguiente?

En aquel instante de tensión, un hoplita corintio que estaba cerca de ellos, exclamó:

—¡Los persas se lanzan a la carga, han roto su línea!

Las miradas se dirigieron de nuevo hacia la formación griega, que ante la atónita mirada de los presentes se frenó en seco. Se compactó de nuevo y los hombres colocaron sus lanzas en posición para recibir la desordenada carga de sus enemigos. Agatón y los demás comprendieron perfectamente la maniobra, Leónidas había simulado la retirada para forzar a los bárbaros a que rompieran su orden de batalla. No estaban huyendo, era imposible que los espartanos rechazasen un combate, y más cuando una de las premisas que las madres y esposas decían a sus maridos e hijos antes de partir al combate era: “Regresad con vuestro escudo, o sobre este”.

Lo que sucedió a continuación fue lo esperado. Las filas de Inmortales, chocaron contra el muro de lanzas y escudos, y al igual que sus compañeros de la mañana, sufrieron la ira del acero griego. Aunque iban mejor pertrechados que los medos, no fue suficiente para detener el frenesí y el arrojo de los espartanos, tegeos y micénicos que se dieron un festín de sangre persa en honor de los dioses del Olimpo. La batalla fue larga y cruenta, y a diferencia de la primera, perecieron un mayor número de hoplitas. Cuando los Inmortales tuvieron suficiente, se retiraron hacia su campamento dejando el campo de batalla sembrado de cuerpos de camaradas suyos, muchos muertos, aunque también bastantes heridos y moribundos. En aquella ocasión, fueron los propios guerreros que habían combatido, quienes se encargaron de recoger los cuerpos de sus hermanos caídos, pero por orden explícita de Leónidas no se dio muerte a los persas heridos que yacían por todo el terreno en el que se había desarrollado el enfrentamiento.

Al llegar al muro dijo que quería que el Gran Rey escuchase los lamentos de sus hombres que agonizaban. De sus mejores hombres, que de nuevo habían sido derrotados por los hombres libres de Grecia. Quería que eso le sirviese de lección, pese a que era consciente de que en cierto modo Jerjes estaría ya preparando otra oleada de soldados para hacerse con la posición.

El combate se había alargado durante unas pocas horas, y la fatiga y el cansancio se podían ver reflejados en los rostros de los guerreros conforme iban llegando al campamento. Los tebanos ya habían descendido del muro y algunos habían regresado a sus ocupaciones en la zona del campamento. Agatón, por expreso deseo de su hermano, se había quedado con él para ver llegar a los combatientes, desde la distancia habían observado con detalle el combate. Había sido duro, pero los espartanos habían demostrado que la fama que les precedía no era una leyenda, sino que era verídica. Los rostros de estos eran serios, y a medida que iban llegando se iban dirigiendo a la zona en la que estaban sus tiendas. El mismo Leónidas, se quedó cerca del muro hasta que todos los guerreros hubieron entrado en el recinto. Su armadura, al igual que su pesado escudo, estaba cubierta de sangre, no se podía visualizar la lambda que estaba dibujada en la superficie del elemento defensivo. Sus brazos, manos, piernas y rostro también estaban manchados con salpicaduras de sus víctimas, o quizás también de su propia sangre, pero se mantuvo firme hasta que el último de los guerreros regresó.

Los dos hermanos tebanos, que se habían mantenido firmes en su posición observando como el rey era el último en abandonar el pie de la muralla, se quedaron fascinados ante la figura de ese hombre. Había sido el primero en acudir al campo de batalla y también el último en abandonarlo. Esperó firme y erguido pese a su edad, tras haber estado combatiendo durante horas, a que los heridos y los muertos fuesen evacuados y cuando el último de ellos traspasó su posición, miró al cielo, alzó sus brazos y entonó una plegaría a los dioses agradeciendo el resultado de la contienda. Cuando se giró se percató de la presencia de los dos hombres que le estaban mirando fijamente. Esbozó una leve sonrisa y se acercó hasta ellos. Estos se pusieron firmes mientras el anciano monarca les decía:

—Hoy ha sido un largo día soldados, creo que todos nos merecemos una buena cena y algo de descanso. Quién sabe lo que los dioses nos deparan para mañana…

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