HONOR TEBANO, SUMÉRGETE EN ESTA GRAN AVENTURA

 

UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA QUE NO TE PUEDES PERDER

Retomamos la sección de relatos cortos de la mano del escritor e historiador Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Él nos brinda una emocionante historia ambientada en la Grecia clásica, concretamente en el marco de la segunda guerra médica, allá por el año 480 a. C.

Su relato nos traslada al preámbulo de una de las batallas más famosas de la antigüedad: la de las Termópilas. No está enfocada desde el punto de vista de los espartanos, como suele suceder. Sino que, en esta ocasión, Sergio nos mostrará otro punto de vista: el de los tebanos. Habitantes de otra polis griega que lucharon junto a los espartanos y muchos otros ciudadanos helenos para frenar la invasión persa.

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Capitulo I

Agatón escuchó atentamente las palabras del rey espartano al igual que todos sus camaradas tebanos. Habían acudido a la llamada de la liga panhelénica pese a que su ciudad decidió no formar parte del pacto de coalición. Los gobernantes se habían decantado por la aceptación de las condiciones impuestas por el rey persa, al igual que otras ciudades griegas para evitar de esa manera la destrucción de su polis. La oferta que les hizo Jerjes quizás permitiría que los ciudadanos continuasen vivos, pero a cambio deberían pagar un alto precio ya que el sistema que conocían hasta ese momento sufriría un cambio radical, dejarían de ser libres para pasar a convertirse en esclavos, al igual que todas las naciones que formaban parte del imperio Aqueménida.

Ni él, ni los guerreros que se encontraban en ese momento en el paso de las Termópilas, estaban dispuestos a vivir de rodillas, preferían morir de pie, luchando por su libertad junto al resto de griegos. Todavía recordaba el día en que la asamblea decidió por unanimidad que no prestaría apoyo a la liga griega. Fueron algunos los que se opusieron firmemente a tal decisión, entre ellos, el más destacado fue el strategos Demócrito, que en un largo y no exento de polémica discurso en el ágora, expuso su disconformidad con lo acordado. Además, manifestó que se encargaría de reunir una fuerza de combate para acudir a la llamada de la confederación y, que, si era necesario, él mismo costearía ese ejército, sin necesidad de que el erario público tuviese que hacerlo.

Agatón y su hermano menor Hermógenes no dudaron en apuntarse como voluntarios a ese contingente. Sabían que si lo hacían existía la posibilidad de que su propia ciudad les condenase al ostracismo, pero de todas formas se unieron a Demócrito y los suyos. Si el enemigo persa vencía a la coalición, todas las polis griegas quedarían a merced del Gran Rey, y eso significaba la pérdida de todo aquello por lo que tantas generaciones pasadas habían luchado. Grecia debía unirse para hacer frente a esa invasión, pese a que había viejas rencillas entre muchas de las ciudades. Algunas de ellas eran tan antiguas que ni los habitantes de las mismas recordaban porque se habían iniciado. En contrapartida existían muchos puntos en común entre estas que las unían, y eso era lo que debía primar, el sentimiento de unidad y no la fragmentación, que era lo que buscaba el rey persa para facilitar su cometido. En cambio, ¿qué era lo que les unía al bárbaro invasor? Nada, ni un solo aspecto.

Pensó entonces en los griegos jónicos que luchaban en el ejército de Jerjes. Esos compatriotas lo hacían porque no les quedaba otra opción, ya no eran libres, hacía ya varias generaciones que habían perdido ese derecho, y no les culpaba en absoluto por ello, pues habían intentado alzarse contra ese dominio años atrás con resultado infructuoso. Pidieron ayuda a sus hermanos continentales, pero la respuesta dejó mucho que desear. Tan sólo Atenas y Etreria enviaron algunas naves para apoyar esa revuelta, muy pocas, y no fue más que un gesto simbólico, y es que cuando los almirantes se dieron cuenta que la rebelión estaba condenada al fracaso, regresaron de inmediato a sus bases sin ni siquiera excusarse ante sus aliados. ¿Qué se podía esperar ahora de esos griegos? Evidentemente que luchasen del lado persa, pues habían sido abandonados a su suerte tan sólo veinte años atrás. Quizás ahora volviesen a la madre patria para cobrarse su merecida y tardía venganza.

Las palabras del comandante supremo del ejército griego no le dejaron indiferente, pues además de su fama como estratega, le acompañaba la de orador. Según había oído,

Leónidas había llegado a ocupar el cargo de rey por matrimonio, al haber desposado a la hija de su predecesor, que no había tenido descendencia masculina para ocupar aquel cargo que se heredaba de padres a hijos. Lo poco que sabía de ese hombre se lo había explicado el propio Demócrito, quien parecía admirarle y tenerle en gran estima. Tanto él, como sus camaradas, fueron testimonios de ello, ya que justo cuando llegaron al punto de reunión acordado, el mismo rey en persona fue a recibirles, dándoles las gracias por su compromiso al haber acudido a su llamada. Les dijo que era consciente del sacrificio que habían hecho, sabía de sobras que su ciudad no estaba de acuerdo con la estrategia de la liga ni con su propia existencia, y les llamó valientes por arriesgarse a ser repudiados por sus propios conciudadanos. La respuesta que dio Demócrito fue lo que más sorprendió al joven hoplita:

—Si no frenamos al invasor persa, no habrá ninguna ciudad a la que regresar Leónidas. Es por ello que tanto mis hombres como yo estamos aquí. Preferimos morir luchando con todos nuestros hermanos como hombres libres, que vivir como esclavos en una ciudad sometida a la tiranía de un bárbaro extranjero.

Agatón recordaba como la cara del monarca espartano se puso seria, las arrugas se dibujaron en su frente. Era un hombre ya mayor, tal vez rondara los sesenta años o incluso más, su largo y trenzado cabello plateado y su barba cana así lo dejaban entrever, aunque no eran impedimento alguno para llevar puesta toda la panoplia de guerrero. Era sin duda un claro ejemplo del ideal de soldado espartano. Esos valerosos hombres que desde muy temprana edad eran entrenados para convertirse en máquinas de combatir y que alargaban su vida militar hasta bien entrada su madurez. Era la única polis que disponía de un ejército profesional. Sus ciudadanos dedicaban todo su tiempo a formarse y entrenarse exclusivamente para la guerra. El resto de ciudades disponía de fuerzas de combate temporales, ya que los soldados desarrollaban otras profesiones y tan solo se entrenaban puntualmente y en períodos concretos o de necesidad, tal y como estaba sucediendo en ese momento. Esparta era única en el mundo griego, pero la valentía de sus guerreros no era suficiente para enfrentarse a un ejército invasor de la magnitud del que se acercaba. El rey, al momento, se acercó al strategos tebano y poniéndole su mano sobre el hombro le dijo con voz clara para que todos los presentes le pudieran escuchar bien:

—Esparta y el resto de ciudades libres de Grecia están agradecidas y en deuda con los tebanos que habéis acudido a la llamada. No lo olvidéis jamás. Cuando el invasor sea vencido, vuestros conciudadanos os darán las gracias y se darán cuenta que vuestra elección fue la correcta y no la que ellos tomaron por miedo. ¡Bienvenidos hermanos!

Todavía recordaba la aclamación y los vítores que pronunciaron tanto él como sus compañeros al escuchar las palabras de Leónidas. Eso les dio fuerzas para continuar adelante, ya que a la vez que se habían enrolado en las filas de la compañía del general Demócrito, habían renunciado a su ciudadanía tebana. Desde ese momento pasaron a ser unos traidores para su polis, por muy lícita que creyesen ellos que fuese su causa.

(Visited 1.135 times, 1 visits today)

Leave a Comment