HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO II

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo II

Tras recordar ese momento, Agatón volvió de nuevo a la realidad y se centró en el discurso que estaba pronunciando el rey lacedemonio. No todos los combatientes tenían la posibilidad de escuchar sus palabras directamente, la orografía del terreno no lo permitía, por lo que se situaron estratégicamente varias decenas de hombres que se encargaban de repetir las palabras de Leónidas a los que estaban más alejados y no las escuchaban bien. Los tebanos tuvieron el privilegio de poder formar cerca de él, por lo que la nitidez de sus palabras les permitió observar a su vez el ímpetu con el que eran pronunciadas. El contingente tebano estaba formado a la derecha del espartano, que era el que se había situado en primera línea, frente a su más alto mandatario. A la izquierda de los lacedemonios formaban los hoplitas de Corinto, cuyo número estaba entorno a los cuatrocientos hombres, y en las filas posteriores el resto de tropas de la coalición. Las siguientes palabras que el hoplita tebano escuchó de la boca del comandante en jefe fueron:

—… ¡Es por eso hermanos, por lo que debemos plantar cara al invasor! ¡Veo el miedo en vuestros rostros, y lo comparto, no creáis que mis hombres y yo no estamos asustados! ¡Somos espartanos, sí, pero también tememos a la muerte! ¡Aunque la causa por la que estamos hoy aquí va más allá de la individualidad, el sentimiento que nos mueve a todos es luchar por un bien común! ¡Algo que los esclavos del Gran Rey no tienen y que no tendrán jamás! ¡La libertad!

Tras esas últimas palabras las primeras filas de soldados soltaron una potente aclamación, que se contagió a las más de siete mil gargantas que se agolpaban en aquel estrecho paso. Todavía no se había acabado de transmitir el mensaje a las últimas filas, pero estas ya se habían unido a sus camaradas de armas. Los vítores tardaron un buen rato en cesar, pese a que el rey espartano intentaba calmar el ánimo de los presentes gesticulando con ambos brazos. Parecía que su discurso todavía no había concluido y deseaba que volviese a imperar el silencio para proseguir. Cuando por fin el sosiego reinó de nuevo, se aclaró la garganta y continuó hablando:

—¡Debemos luchar unidos hermanos! ¡Olvidemos las rencillas del pasado, ahora tenemos un enemigo común, y no viene en son de paz! ¡No creáis sus falsas promesas, lo único que pretende es dividirnos! ¡Ya lo ha conseguido con algunas ciudades, sino mirad el ejemplo de Tebas! ¡Gracias a los dioses no todos sus ciudadanos han sucumbido a las promesas de Jerjes! ¡Un claro ejemplo es el contingente tebano que forman junto a mis espartiatas!

En ese instante todas las miradas se centraron en los hombres de Demócrito. El rey les señaló con su dedo índice mientras retomaba la palabra:

—¡Pese a que sus dirigentes han preferido claudicar y aceptar las condiciones impuestas por el persa. ¡Pese a que se han sometido a su voluntad, este grupo de valientes, disconformes con la decisión de sus líderes, ha tomado la determinación de unirse a nuestra lucha! ¡A vuestra lucha! ¡A la lucha de toda Grecia por la libertad! ¿No creéis que ellos más que nadie se merecen nuestro respeto y admiración? ¡Demostrémosles nuestra gratitud hijos de la Hélade!

Casi sin dejarle terminar, los guerreros volvieron a vociferar como una sola garganta una potente aclamación. Esta vez iba dirigida a ellos, a esos hombres que habían sacrificado mucho más que los demás para estar allí. Sus hermanos, no de sangre, pero si de armas, les estaban demostrando el orgullo que sentían al tenerlos allí. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Agatón, que se dio cuenta por primera vez en muchos días de que su elección había sido acertada. Lágrimas de emoción humedecieron sus ojos y aferró con más fuerza su larga lanza de fresno. Miró a su derecha y se encontró con el rostro de su hermano Hermógenes. Este estaba completamente serio. Le respondió asintiendo levemente con un movimiento de su cabeza mientras se henchía poniéndose todavía más firme de lo que ya estaba. Era tan sólo un muchacho, tenía apenas veinte años y no había combatido jamás, además de tampoco haber saboreado otros placeres de la vida… Pero ahí estaba, orgulloso de ser quien era, orgulloso de estar en ese lugar. Orgulloso de formar parte de ese grupo de hombres que desobedeciendo los mandatos de la autoridad de su ciudad se había adentrado en un camino del que no había retorno posible.

El guerrero tebano se quedó mirándole fijamente y respondió al gesto de manera idéntica a la vez que le decía en un tono de voz muy bajo:

—Estoy orgulloso de ti hermano…

El joven le miró y le respondió:

—Yo también de ti Agatón.

La ovación fue cesando y el rey lacedemonio tomó de nuevo la palabra:

—¡Tebanos, tespios, locrios, corintios, mantineos, micénicos, arcadios y el resto de hombres que estáis hoy aquí reunidos! ¡Ha llegado la hora de demostrarles a los medos que se han equivocado al venir a invadir nuestra tierra! ¡Enseñémosles qué es lo que les espera si permanecen en Grecia! ¡Teñiremos nuestra fértil tierra con su sangre! ¡Lo juro por los dioses!

De nuevo los guerreros volvieron a clamar fuertemente, aunque a diferencia de las anteriores ocasiones, esta vez acompañaron el sonido de sus gargantas con el repiqueteo de sus armas en los pesados aspis de bronce, lo que provocó un gran estruendo. Siete mil hombres golpeando su escudo metálico a la vez era un espectáculo asombroso, si los gritos le habían hecho sentir un escalofrío, aquel sonido le erizó todo el vello corporal y sintió que la emoción se apoderaba de su ser. Pensó por un instante en sus enemigos, acampados a varios estadios de distancia de ellos. Si ese escándalo se había escuchado desde su posición, cabía la posibilidad de que ya estuviesen embarcando en sus naves de regreso a sus tierras.

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