HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO III

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo III

Tras cuatro días de espera, Jerjes había dado la orden de atacar, su paciencia se había agotado. Ese tiempo había sido vital para poder reorganizar las defensas del paso y sobre todo para tener tiempo suficiente como para levantar de nuevo el muro focense, que estaba prácticamente en ruinas cuando llegaron al lugar. Además, Leónidas y el resto de strategoi aprovecharon para inspeccionar los alrededores del paso en busca de puntos débiles que proteger.

No tardaron demasiado en darse cuenta de la existencia de un pequeño sendero que rodeaba el campamento y que desembocaba justo en la retaguardia de este. Se trataba de un antiguo camino de pastoreo, que, pese a no estar en muy buenas condiciones, servía para poder flanquear el punto defensivo sin excesiva dificultad. Tras discutirlo durante un largo rato, los generales llegaron a la conclusión que tal vez el enemigo no sabía de su existencia, aunque no quisieron arriesgarse a ser sorprendidos y optaron por acantonar en ese punto un contingente de mil hoplitas focenses que se encargarían de su defensa. Se les eligió a ellos porque eran oriundos de la zona, conocían perfectamente el territorio y en caso de asalto, serían más capaces de resistir y replegarse si era menester.

A lo lejos se podían ver las tropas persas formadas. Eran muy superiores en número a las de los griegos y su simple visión atemorizaba a los allí presentes. Para hacer frente a esa primera oleada de enemigos, las tropas griegas formaron frente al muro focense. Decidieron que era mejor aguardar en campo abierto que hacerlo tras la protección, ya que esta les impediría ver el avance persa. Se desplegaron en línea, cubriendo todo el ancho del camino, con una profundidad de doce filas. En el centro formaron los hoplitas corintios, en la derecha el contingente de tespios y el flanco izquierdo lo ocuparon cerca de dos cientos cincuenta tebanos de los cuatrocientos que estaban al mando de Demócrito.

Agatón y su hermano estaban formados en la segunda fila, uno al lado del otro. Llevaban puesta su panoplia completa, el yelmo, las grebas y coraza de bronce, su pesado aspis, la lanza de fresno y al cinto su espada corta. Estaban bastante apretados, pues la formación se había tenido que compactar debido a la estrechez del campo de batalla. Los persas que estaban formados frente a ellos, a unos dos estadios de distancia les cuadriplicaban en número, aunque pudo comprobar desde lejos que ni muchos menos iban tan bien pertrechados como ellos. No todos los pobres desgraciados llevaban armadura y los pocos privilegiados que disponían de ella, se podía apreciar que más bien era de baja calidad. Los escudos que sujetaban no eran de bronce, parecían ser mucho más frágiles, quizás fuesen de madera o de mimbre, materiales que no servían para detener las puntas de las potentes armas de las que disponían los guerreros helenos. Esos soldados iban muy mal protegidos, saltaba a la vista, y pese a su gran número, el tebano respiró más tranquilo al comprobar la inferioridad de su armamento. Se giró en dirección a su hermano y le dijo:

—No te preocupes Hermógenes, aunque sean muchos, nosotros estamos mejor equipados. No duraran demasiado bajo la punta de nuestras lanzas.

—Que los dioses te escuchen hermano—respondió este sonriendo.

—No hace falta que metas a los dioses en esto. El Gran Rey se cree que mandando a tantos hombres nos vamos a asustar y vamos a dar media vuelta dejándole el paso franco. Confía en su superioridad numérica, aunque debería haber tenido en cuenta que la victoria no siempre la da el mayor número de efectivos—respondió Agatón esbozando una pícara sonrisa.

—Cierto, es un iluso si cree que un hoplita griego no vale por cien de sus hombres. Aunque ya es muy tarde para esos desgraciados—dijo el joven a su hermano esbozando también una leve sonrisa—. ¡Démosles una cálida bienvenida hermanos! —gritó de repente a pleno pulmón dirigiéndose a sus camaradas.

Seguidamente el enemigo, como si hubiese escuchado sus palabras empezó su avance hacía ellos.

Cuando sus compañeros de armas escucharon las palabras del joven hoplita, comenzaron a entonar el Peán, primero los más cercanos y casi de inmediato el resto, invocando con ese cántico la protección de sus dioses durante el combate. En un instante las gargantas de los allí formados cantaron al unísono el himno que todos los hoplitas griegos, fuese cual fuese su polis de origen, interpretaban antes de entablar combate. A ellos se unieron también los hombres que estaban en lo alto del muro focense observando el devenir de aquel primer enfrentamiento, animando de esa manera a sus compañeros que ya habían iniciado la marcha en dirección a la formación rival. Las filas de griegos avanzaron de manera ordenada, con las lanzas en ristre y los pesados escudos en alto, protegiéndose tanto el portador como el compañero que formaba a su izquierda, ofreciendo de esa manera cobertura casi total a los guerreros. El canto resonaba en todo el campo de batalla y contrastaba con el griterío desordenado de los bárbaros que se habían lanzado a la carrera contra ellos.

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