HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO IV

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo IV

De repente, cuando el enemigo estaba a tiro de jabalina, la formación helena se detuvo en seco. El Peán cesó y a una orden, todos los guerreros alargaron sus lanzas formando una empalizada de puntas de acero. Cuando los persas se percataron de la maniobra de sus enemigos ya era demasiado tarde para frenar la carrera. Los primeros hombres en llegar hasta la línea, se ensartaron irremediablemente contra el muro de astas, pese a que intentaron detenerse en última instancia. La efusividad y el empuje de sus compañeros ayudaron a que las primeras filas de medos se estrellasen contra las picas sin tener otra opción. Fueron muchos los que cayeron en esa primera envestida, no pudieron defenderse, y por mucho que intentaron interponer sus endebles escudos, estos no les sirvieron de nada. Fueron traspasados sin dificultad por las lanzas de los hoplitas, de igual forma que sus cuerpos apenas protegidos. Los aceros de los defensores se dieron un festín de sangre persa sin apenas moverse de su posición inicial.

Agatón, desde la segunda fila, aprovechó la longitud de su asta para ensartar a los enemigos que habían sobrevivido al choque inicial. Tan sólo tuvo que alzarse sobre el hombro del compañero que tenía delante y elegir un objetivo. La longitud de su lanza se acercaba a los tres metros, por lo que pudo ir rematando enemigos sin apenas tener que esforzarse. La mayor parte de esos pobres desdichados que todavía continuaban con vida, se habían quedado inmovilizados por los cuerpos de sus compañeros caídos y a su vez por los de las filas posteriores que les impedían retroceder. Eso facilitó mucho el trabajo a los hoplitas, e incluso algunos de los que formaban en la tercera fila se aventuraron a ensartar si piedad a sus rivales que no eran capaces de defenderse de aquella lluvia de acero. Los griegos tan solo tuvieron que escoger a sus víctimas y clavar sus largas lanzas para enviar a esos miserables al Hades o donde tuvieran que ir esos bárbaros a rendir cuentas.

Al choque de la carga se sucedieron gritos de dolor y sufrimiento, sin duda el miedo y el terror se apoderó de los otrora seguros medos, que al comprobar que sus enemigos eran implacables, se vieron atrapados en una carnicería de la cual ellos eran las víctimas.

Los griegos que formaban en la primera fila recibieron las salpicaduras de sangre de sus víctimas en su cuerpo y en sus corazas, y pronto estas quedaron teñidas de color rojizo. Fue una auténtica matanza, cientos de soldados persas perecieron en los primeros instantes de combate, y otros cientos más corrieron la misma suerte que sus compañeros al verse atrapados entre sus camaradas y sus enemigos. Fueron muchos los que intentaron a la desesperada dar media vuelta y huir de la lluvia de puntas de lanza proveniente de las filas helenas, aunque había muy poco espacio de maniobra y su acción únicamente sirvió para ofrecerles a sus verdugos un blanco mucho más fácil.

La agonía duró todavía un rato más, hasta que de repente las trompas y tambores de los medos empezaron a entonar el toque de retirada. Las últimas filas de la infantería ligera, que estaban demasiado alejadas del combate para cerciorarse de lo que allí ocurría, obedecieron las indicaciones y empezaron a girar y a replegarse. Las maniobras, debido al poco espacio disponible se llevaron a cabo de manera desordenada, y ello sirvió para ofrecer sin querer algunos huecos a sus camaradas para intentar salir de aquella matanza. Los pobres desgraciados, al darse cuenta de que tenían una posibilidad de escapar, comenzaron a darse la vuelta y a huir de manera desorganizada, dejando muchos de ellos sus armas y escudos en el suelo para aligerar peso y poderse mover con más agilidad.

Ni siquiera se preocuparon de defenderse, priorizaron su huida, ante todo, por lo que fueron todavía más, lo que ofrecieron su espalda desprotegida a los hoplitas griegos, que de manera inmediata y sin un ápice de clemencia hacia el invasor iniciaron la persecución sin romper las filas. La carnicería se recrudeció, hasta el punto de que los oficiales tuvieron que refrenar el ímpetu de sus soldados, que, en una orgía de sangre y venganza, acababan sin piedad con todos los enemigos que tenían al alcance comenzando a quebrar la hasta entonces ordenada línea.

Agatón se había colocado, al igual que toda su fila, al frente, relevando de esa manera a sus compañeros que habían aguantado la primera carga. Tenía la cara cubierta de sangre enemiga, que mezclada con el sudor por el esfuerzo le impedía ver con claridad, y en más de una ocasión tuvo que dejar de golpear a los que huían para poder secarse sus empapados ojos con la mano o el antebrazo. El frenesí y el odio habían invadido su ser por completo, haciéndole entrar en un efecto túnel que no le permitía ver más allá de lo que tenía justo enfrente. De la misma manera, sus compañeros debieron entrar también en ese modo, pues la línea se comenzó a quebrar cada vez por más puntos, provocando que muchos griegos saliesen de la formación de manera desordenada a la caza de sus rivales.

Ya hacía rato que la lanza se había quebrado, la punta se había clavado en la clavícula de un persa y al intentar sacarla se había partido a media asta dejándola totalmente inservible. Por ello tuvo que recurrir a su espada corta, lo que le obligó a tener que avanzar un poco más para asestar las estocadas a sus enemigos desde menos distancia. Al igual que él, su hermano tuvo que hacer lo mismo, pues la fragilidad de las lanzas, junto con el sudor y la sangre que se acumulaba en las empuñaduras de las mismas, provocaba que estas se fuesen perdiendo durante el avance, tanto al romperse como al resbalarse de las manos de sus portadores.

Tras abatir a otro enemigo clavándole su espada en la zona baja de la espalda, el tebano escuchó un grito potente del compañero que estaba detrás de él:

—¡Detened el avance, Demócrito ha ordenado replegarse de nuevo hacia el muro! ¡Hemos vencido hermanos!

En ese instante, mientras arrancaba la espada del interior del cuerpo de aquel pobre infeliz, pareció recuperar la compostura y la serenidad, lo que le llevó a refrenar su avance. Tomó aire profundamente e hizo un rápido barrido visual hacia su derecha y su izquierda para percatarse de cómo estaba la situación. Sus compañeros se detuvieron progresivamente hasta que la línea se empezó a recomponer de nuevo. Los enemigos que huían se alejaron poco a poco entre gritos de terror. Algunos heridos, otros magullados, aunque ninguno de ellos se detuvo ni un instante por si acaso. De repente de la formación corintia se empezaron a escuchar gritos de júbilo y alegría y los tebanos tras mirarse entre ellos, no tardaron demasiado en unirse a sus hermanos helenos. La primera oleada había sido rechazada con éxito y por lo que parecía sin demasiada dificultad.

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