HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO V

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo V

A medida que los contingentes fueron retrocediendo hacia el muro, Agatón se dio cuenta de la cantidad de enemigos que habían sido abatidos. El terreno estaba sembrado de cadáveres, a la vez que también había un gran número de persas heridos y agonizantes que reclamaban asistencia. Los oficiales dieron la orden clara y contundente de ir rematándolos a medida que pasaban junto a ellos, no debía concederse clemencia alguna a los que habían osado invadir su patria.

Siguiendo las instrucciones, los hoplitas fueron acabando con la vida de los heridos, rematándolos con sus espadas y lanzas. Cuando la formación llegó a los pies del muro focense, se rompió, y de forma ordenada los guerreros volvieron a formar en el lado opuesto para proceder al recuento de bajas. Demócrito, que había combatido con firmeza al frente del contingente tebano, sangraba levemente en el muslo derecho, aunque ni siquiera soltó un gemido de dolor. Al contrario, esbozó una leve sonrisa, de satisfacción y se quedó mirando a sus hombres. La mirada transmitía orgullo, quedaba claro que por muy general que fuese, estaba dispuesto a combatir como el que más. Era un hombre mayor, rondaría ya los cincuenta y largos, pero al igual que su amigo Leónidas de Esparta, tenía un marcado espíritu guerrero. La gran mayoría de los combatientes tebanos estaban cubiertos de sangre y sudor, igual que él, y algunos sangraban de sus propias heridas todavía, aunque se mantenían firmes y en pie. Se mantuvo en silencio durante un rato mientras indicaba a dos de sus oficiales que recontaran el total de efectivos que habían regresado del campo de batalla. Pasó muy poco rato hasta que uno de ellos le dijo en voz alta:

—¡Señor, faltan catorce hombres en la formación!

—¡De acuerdo, coge un grupo de treinta hombres de refresco y buscad los cuerpos en el campo de batalla! ¡Traedlos a todos, tanto a los muertos como a los heridos, no quiero que dejéis a nadie allí!

El oficial obedeció sin rechistar y se dirigió hasta donde estaban acampados los hoplitas que no habían combatido. No hizo falta pedir voluntarios, pues la mayoría de hombres ya estaban preparados para salir a recoger a sus camaradas caídos. De hecho se habían mantenido cerca del contingente de combatientes a la espera de saber quiénes habían regresado y quiénes no pues ahora les unía un fuerte vínculo afectivo, eran todos hombres sin patria y tan sólo se tenían unos a otros.

Agatón había estado tan absorbido por el frenesí del combate que no se había percatado de la falta de sus camaradas. Ni siquiera cuando habían recibido la orden de retroceder de nuevo hasta el muro. Ahora lamentaba no haberse dado cuenta, pues podría haberse centrado más en los suyos y menos en rematar a los bárbaros que estaban malheridos. De repente la voz de su comandante le sacó de sus pensamientos:

—¡Tebanos, hoy habéis combatido como auténticos titanes! ¡Estoy más que satisfecho con vuestra actuación! ¡Pero debemos ser conscientes de que esto tan solo es el principio! ¡La infantería contra la que habéis combatido era muy inferior a nosotros! ¡Tan sólo nos estaba poniendo a prueba!

Los hombres, fatigados por el combate, se mantuvieron en silencio. Demócrito continuó hablando:

—¡El Persa dispone de reservas suficientes como para cansarnos, sus muertos pueden ser sustituidos sin problema alguno por hombres de refresco y de manera inmediata! ¡Para Jerjes, sus hombres no son más que números! ¡En cambio, cada hombre de los nuestros que cae, es irremplazable! ¡Eso lo sabe, por lo que si debe sacrificar a cien de los suyos para matar a un griego, lo hará sin problemas, le compensa!

Agatón miró a su hermano que estaba serio y atento a las palabras del comandante. Era muy joven, pero había combatido con la fiereza de un león, estaba orgulloso de él. Pensó que ese había sido su bautismo de sangre, y lo había superado con muy buena nota. Ahora que había probado el sabor del combate, se había convertido en un hombre.

Era plenamente consciente de que las palabras que acababa de pronunciar Demócrito eran ciertas. La liga tan sólo había podido reunir a siete mil soldados, en cambio se decía que el ejército de Jerjes rondaba los dos cientos cincuenta mil soldados, sino más. Era un enfrentamiento muy desigual, y cada griego que caía, suponía una perdida demasiado cara. También era consciente, al igual que sus compañeros, que esa primera oleada no la formaban las mejores tropas persas, sino que se trataba de hombres poco pertrechados y seguramente con poca formación militar, enviados a una muerte segura y cuya función principal era tantear a los helenos y conocer más sobre sus tácticas bélicas. Cada vez era más evidente que tan solo se había tratado de una prueba, estaba convencido que cuando entrasen en liza las tropas de élite del rey persa, el combate no iba a ser tan sencillo.

Agachó levemente la cabeza, y oró en silencio a los dioses del Olimpo. En sus plegarias agradeció en primer lugar que tanto él como su hermano hubiesen salido con vida del enfrentamiento. Cuando concluyó, se tomó su tiempo para pedir guía y protección para las almas de sus compañeros caídos, que habían dado su vida por defender la libertad frente a la tiranía y la opresión.

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