HONOR TEBANO, UN RELATO DE LA GRECIA CLÁSICA. CAPÍTULO VI

 

Semanalmente podréis seguir las aventuras de dos hermanos que combatirán por defender unos ideales pese a pertenecer a un grupo de hombres rechazados incluso por su propia ciudad.

Un relato de Sergio Alejo Gómez, autor de la trilogía Las crónicas de Tito Valerio Nerva.

Capítulo VI

Aquella misma tarde, sin dejar pasar demasiado tiempo, el rey persa preparó una nueva oleada para intentar tomar la posición en la que se habían hecho fuertes las tropas helenas. Tras el estrepitoso fracaso del primer asalto, que tantas bajas le había costado, Jerjes decidió que la situación requería el uso de tropas de más calidad, pues los griegos habían demostrado ser unos valerosos guerreros. Había quedado claro que no estaban dispuestos a retirarse por muy elevado que fuese el número de soldados que les enviase, a la vez que lo acontecido le había servido para darse cuenta que la clave para vencer no dependía únicamente de la cantidad, sino que era necesario aumentar la calidad de las mismas para acabar con esos molestos helenos. Se había dado cuenta de que el paso era fácilmente defendible, por lo que la ventaja estratégica la poseían los defensores. Debía arriesgar un poco más si no quería quedarse estancado en ese punto más tiempo.

Fue por ese motivo por el que las tropas seleccionadas para el segundo asalto no iban a ser de tan baja calidad como lo fueron las primeras. En esa ocasión se trataba del cuerpo de élite del mismísimo rey, los Inmortales. No recibían ese nombre porque no se les pudiese matar, sino porque cada vez que uno de sus efectivos caía en combate, se escogía a otro soldado del grueso del ejército medo para reponer su baja. De esa manera su número era siempre el mismo, diez mil. Además de ser la guardia personal del monarca, también eran utilizados en los momentos más difíciles, cuando la dureza del combate así lo exigía. Eran profesionales, no levas de ciudadanos que tomaban las armas cuando empezaba una campaña, eran hombres que se ejercitaban diariamente en el uso de las armas y en las tácticas de combate. Por decirlo de alguna manera, eran comparables a los hoplitas espartanos, aunque salvando las distancias, menos efectivos y letales en combate que estos.

Cuando corrió la noticia por el campamento griego de quienes eran los que se estaban preparando para el asalto, fue el propio rey Leónidas quien tomó la palabra ante los demás strategoi que componían el contingente aliado y dijo que serían sus hombres los que formarían en aquella ocasión en el centro de la línea. Por lo menos esas fueron las palabras que Demócrito transmitió a sus hombres cuando les explicó lo que estaba por venir.

Los tebanos estaban en la zona del campamento que se les había asignado al llegar, una zona que se encontraba a una distancia de medio estadio al sur del muro focense. Cuando el general se acercó a las tiendas para informar a sus hombres de los planes, la mayoría estaban limpiando sus equipos de las manchas de sangre pertenecientes a los persas que habían perecido en el primer asalto. Otros pulían sus armas y sacaban brillo a sus panoplias. Mientras todo eso sucedía, todavía se estaban trasladando algunos de los cuerpos de los aliados muertos y heridos del primer enfrentamiento hasta una tienda que se había habilitado para tal efecto. Agatón y su hermano estaban rascando las salpicaduras ya secas de sus pesados aspis, un trabajo que les estaba llevando su tiempo. Cuando vieron a su comandante acercarse, dejaron lo que tenían entre manos y al igual que sus compañeros de armas, se fueron acercando hasta donde este se detuvo. Cuando todos estuvieron allí reunidos, Demócrito tomó la palabra:

—Soldados, supongo que ya os habréis enterado de que los persas preparan un segundo asalto, y que en esta ocasión parece ser que lo encabezarán los mismísimos Inmortales.

—Algo hemos oído general, y parece ser que el Gran Rey está dolido en su orgullo. Lo que les hemos hecho esta mañana a sus hombres le debe haber molestado mucho para tener que recurrir a sus mejores guerreros—dijo con su potente vozarrón Clístenes, uno de los hoplitas más veteranos.

—No te falta razón viejo amigo—respondió el general sonriéndole.

Los hombres se miraron entre ellos esbozando sonrisas por el acertado comentario de su camarada. Hasta ese momento se había podido percibir la tensión y el nerviosismo en el ambiente, pero el comentario del veterano había concedido algo de alivio para los hombres, sobre todo tras la intensidad del combate vivido recientemente. El general volvió a hablar:

—Acabo de salir de la tienda de mando, y el mismo Leónidas, nos ha comunicado que él en persona, junto a sus espartanos se situará en el centro de la formación que sostendrá la acometida.

Los hombres se quedaron en silencio, sin decir nada. Pero fue de nuevo Clístenes quién abrió la boca:

—Entonces si los espartanos van a dar una calurosa bienvenida a los Inmortales, el combate no tendrá desperdicio. Creo que deberíamos subir al muro y encontrar un buen punto desde el que presenciar semejante espectáculo.

Los tebanos volvieron a reír y Demócrito, consciente de que en ese momento hacía falta subir la moral de sus hombres, respondió:

—Tienes toda la razón, si no nos damos prisa nos quitarán el sitio.

Los hombres, encabezados por su strategos se apresuraron hacia el muro. De manera ordenada comenzaron a escalarlo hasta situarse algunos en la parte alta sentados, y otros apoyados tan solo en este. De repente varios grupos de hoplitas de diferentes ciudades, entre los que se encontraban los corintios y los tespios que habían combatido junto a ellos el día antes, se fueron acercando a su vez hasta dónde ellos se habían aposentado. Desde abajo, un corintio, preguntó a Hermógenes:

—¿Qué sucede hermano? ¿Por qué habéis subido al muro?

Este, mirando a sus camaradas que se habían dado la vuelta ante la pregunta, respondió:

—Los espartanos van a encabezar la defensa del paso y no hemos querido perdernos la oportunidad de verlos en acción.

—Además, esta vez son los mismos Inmortales los que atacarán nuestras posiciones—añadió Clístenes—. Será un espectáculo irrepetible y no queremos perdernos ni un solo detalle.

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