RELATOS DE UNA GUERRA “HAWÁI”

 

HAWÁI POR: YOEL LEY SOLÁ

He de reconocer que éramos unos chicos inconscientes, ajenos a todo lo que nos rodeaba. El mundo se acababa en otro lugar del planeta, pero nosotros estábamos en Hawai, muy lejos de los conflictos y batallas que leíamos en los periódicos, y además, dentro de poco sería Navidad. Navidad en Hawai, qué más se podía pedir.

Cierto era que nos encontrábamos lejos de casa, de nuestras familias, y de nuestras novias; pero eso a veces era una ventaja, sobretodo cuando paseábamos por la isla. A muchos no le gustaban las hawaianas, pero qué queréis que os diga, yo era joven. Un joven que cometía las faltas propias de su edad, porque todas las noches que pasaba a bordo de nuestro buque anclado en la bahía, me dormía contemplando la foto de Betty, y no penséis mal. Yo la quería, y la quise hasta que abandonó este mundo el año pasado. Y todavía la quiero. Cómo no.

Y precisamente fue ella la protagonista el día que todo empezó.

Joseph Di Baggio fue el cabronazo más divertido que conocí en la Marina, y aquella mañana, una mañana como otra cualquiera en el apacible invierno hawaiano, se subió a mi cama y levantó la almohada, echándose a correr gritando y blandiendo la foto de Betty entre las filas de literas.

¡Eh! ¡No os perdáis a la zorrita de Ben!”

Ahora me río, pero os aseguro que en aquel momento no me hizo ninguna gracia. En realidad no me importaban las risas de los demás, pero os aseguro que lo hubiese tirado por la borda si me hubiese roto o perdido aquella foto, porque entonces no era como ahora. En esos tiempos la gente no se tomaba tantas fotos, no todo el mundo tenía una cámara fotográfica, y si no la tenías debías ir a un estudio fotográfico. Quién sabe cuánto tardaría Betty en hacerme llegar otra foto si aquel idiota me perdía aquella.

Recuerdo que lo perseguí durante una decena de metros, tropezándome con todo y con todos en la enorme estancia del barco en la que dormíamos, jugábamos a las cartas, o hacíamos el tonto en las horas libres; y entonces, aquel gamberro al que pronto iba a echar mucho de menos, fingió tropezar y rodó por el suelo lanzando unos gritos y alaridos que no hicieron sino provocar más risas entre los chicos.

¡Devuélvemela, imbécil!” Dije al llegar hasta él.

¡Déjamela hasta mañana!” Me respondió con su sonrisa maliciosa de sinvergüenza.

¡No me toques los huevos y devuélvemela!” Contesté furioso, extendiendo una mano y apretando el puño en la otra.

¡Ey! ¿Qué te pasa? Déjamela por esta noche, Benny. En la Marina hay que compartir las cosas, ¿no es así, chicos?” Y en aquel momento, para terminar de provocarme, cerró los ojos y se llevó la foto de Betty al pecho entre las carcajadas de los demás, y yo estallé de rabia. Lancé mi puño contra él y los dos salimos despedidos en direcciones opuestas. Su sonrisa de bromista fue lo último que vi antes de que todo se hiciese negro.

Desperté una semana después en un hospital de la isla. Los japoneses nos habían atacado por sorpresa y Joseph había muerto, pero de alguna manera, la foto de Betty había llegado a la mesita junto a mi camastro.

 

Grupo Portal Historia en colaboración con http://retratossgm.blogspot.com.es/.

 


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